Miscelánea

La masacre de Prince Edward Islands

«¿Quién es este tío, y por qué no deja de seguirme ?»

Esta es la historia de una invasión planeada, pero mal planeada. Es la historia de como, a veces, la solución a un problema acaba convirtiéndose, a largo plazo, en un problema aún mayor. Es una historia acerca de cómo no existen atajos a la hora de tomar decisiones y, también, una historia acerca de cómo la decisión más instintiva y evidente, a menudo, no resulta ser la solución correcta. Y, en última instancia, es una historia acerca de cómo las malas decisiones tomadas con la intención de solucionar un problema pueden acabar, no solo por agravar la situación, sino por generar sufrimiento (innecesario) en otros. Esta es, en definitiva, una historia como otra cualquiera. Ah! y lo más importante. Esta es una historia de gatos.

Las islas Prince Edward están situadas a más de 1700 km de la nación que las gobierna, Sudáfrica. Se trata de dos islotes, Marion y Prince Edward, de apenas unos 290 y 45 km2 respectivamente. Los primeros registros de esta pareja de islas se remontan al año 1663, cuando fueron avistadas por Barent Barentszoon Lam, de la mega corporación Dutch East India Company, pero hubo que esperar más de cien años, hasta 1799, para encontrar el primer registro de un desembarco en estas formaciones, de la mano de un grupo de cazadores de focas franceses, y casi otros cien más, hasta 1873, para encontrar las primeras descripciones de la orografía y la fauna y flora de las islas, realizadas por el capitán de la marina británica y explorador en el ártico George Nares dentro del proyecto Challenger Expedition. Los bravos y gélidos vientos que azotan las islas, generando su característico clima de tundra, han representado históricamente un problema para los desembarcos de diversas expediciones de exploradores o cazadores que han intentado hacer puerto en ellas, siendo el más célebre de todos el de la embarcación de bandera noruega Solglimt en 1908. Los 72 supervivientes se vieron forzados a formar un pequeño pueblo en la cara norte de la isla de Marion, pasando más de un mes cazando focas y aves para sobrevivir, antes de ser rescatados, de puro milagro, por otra embarcación. Las islas fueron reclamadas por Reino Unido en 1908, y, finalmente, por Sudáfrica en 1947, utilizándolas como base para una gran estación meteorológica, así como para diversas unidades de estudio de la biodiversidad de la región. Hoy en día las islas están deshabitadas, a excepción de un grupo de aproximadamente 50 científicos de distintas ramas que conducen sus investigaciones dentro de este ecosistema.

A grosso modo, este es el resumen de la historia documentada de las islas Prince Edward en el mar ártico, uno de los remanentes de la carrera por la conquista de las esquinas inhóspitas del globo que marcó el progreso de los siglos XVIII y XIX. Y, como ya pueden imaginar, a lo largo de un par de siglos de historia documentada en las islas Prince Edward, debe haber un buen saco de anécdotas que contar, pero quizá ninguna tan ilustrativa del carácter impulsivo y poco meditado de los hombres que protagonizaron ésta época de expansión sin mesura como la historia de Las Plagas de Prince Edward.

Las islas resultan un entorno especialmente sensible a la introducción de especies no autóctonas, dadas sus pequeñas dimensiones, particular climatología y aislamiento territorial. En el siglo XIX, los ratones caseros llegaron a la isla de Marion a bordo de las distintas embarcaciones que utilizaban las islas como puerto para la caza de ballenas y focas en el ártico, y se multiplicaron sin control hasta que, en 1949, se tomó la (muy meditada) decisión de traer cinco gatos a la isla para atajar el problema. Los felinos se pusieron manos a la obra con su habitual efectividad y, en poco tiempo, el problema de la plaga de ratones estaba arreglado. El (nuevo) problema es que los gatos, al igual que los ratones, se multiplicaron rápidamente, pasando de los cinco originales a una población de más de 3400 en 1977 (recuerden, en una isla de apenas 240 km2 ; más de 14 mininos por kilometro cuadrado) que, además de alimentarse de ratones, también habían dado buena cuenta de la población local de de petreles excavadores (un simpático ave autóctono de la isla, famoso por hacer sus nidos en un hueco que excavan en el suelo), diezmando su población a un ritmo estimado de más de 400.000 aves al año, llegando a extinguir por completo algunas de las sub-especies de este pintoresco pajarillo.

Introducción del gato en Marion Island, un gran paso para la humanidad

Se puso en marcha entonces (adivinen) un programa para erradicar a los felinos y solucionar el problema de la superpoblación, en este caso, de gatos. Se inyectó a parte de los animales con el virus específico de la panleucopenia felina, lo que redujo la población a unos 600 ejemplares en el año 1982. El resto serían cazados a tiros por la noche, acabando con el problema de manera definitiva en el año 1991, cuando tan sólo 12 gatos fueron atrapados durante todo el año. Con los gatos erradicados en su práctica totalidad de la isla, la población de ratones (adivina, adivinanza) se volvió a disparar hasta proporciones bíblicas – proporciones de plaga bíblica, para ser más exactos. En 2003 se observó que, ante la escasez de alimento y recursos, los ratones atacaban a las crías de albatros en sus nidos, devorándolas vivas (I know, I know, mis disculpas por tan tenebrosa imagen mental). Al igual que en las islas «vecinas» de Diego Álvarez (Gough island para los anglosajones) y Georgia del Sur, la introducción involuntaria de ratones y ratas comunes en el delicado ecosistema ártico sigue siendo el protagonista de diversos proyectos destinados a deshacer el embrollo y eliminar a las especies invasoras de las islas. La intención es que todas las islas estén libres de ratones y ratas para finales del presente año 2021.

Para cumplir el objetivo de devolver a las islas Prince Edward a su estado natural, será necesaria una cautelosa y meditada planificación de los pasos a seguir para asegurar el éxito de una operación que se antoja ciertamente compleja atendiendo al clima y la orografía del lugar. No cabe duda de que para conseguir cumplir con lo planeado, se requerirá del mimo y la atención al detalle que brilló por su ausencia en el momento de gestación del problema original. De la misma manera en que los valientes navegantes y exploradores del siglo XVIII impulsaron el avance de la humanidad hacia nuevos horizontes y el desarrollo de toda la especie con su desmedida curiosidad, su capacidad de esfuerzo e innovación, y un infatigable espíritu conquistador, también su imprudencia y falta de consideración y perspectiva se reflejan en una serie de decisiones tomadas de manera poco meditada, y cuyos efectos y repercusión continúan reflejándose (y, en algunos casos, empiezan ahora a reflejarse) en nuestras sociedades.

No es justo ni correcto atender a la historia y a nuestros antepasados y juzgar sus comportamientos y decisiones como equivocados en base a criterios actuales, criterios sólo alcanzados gracias, en primer lugar, a la evaluación y posterior consideración de dichos comportamientos y decisiones como equivocadas. Nuestros antepasados han tenido que mostrar esa actitud despreocupada y cometer esos errores y abusos del entorno para que nosotros, a día de hoy, seamos capaces de, atendiendo al efecto de estas decisiones en nuestro mundo, cambiar nuestra forma de actuar para encontrar solución a problemas que no por haber sido creados por otros, son sólo responsabilidad de una etapa concreta de nuestra evolución. La historia humana y su progreso son un lienzo común a todas las etapas y comunidades y todas, independientemente de su lugar dentro del lienzo, se ven beneficiadas y perjudicadas, influenciadas en definitiva, por el total. Las sociedades se levantan sobre los hombros de los logros y los fracasos, de los aciertos y los errores, de sociedades pasadas, y nuestros criterios de evaluación han sido cimentados a partir de ellos.

La historia de Las Plagas de Prince Edward ilustra, por encima de todas las cosas, cómo la sed de progreso, cómo las prisas a la hora de sacar beneficios, cómo el querer agarrarnos a la solución fácil en lugar de a la solución correcta, pueden conjurarse para acabar por empeorar las cosas. La próxima vez que deba enfrentar un problema, no piense en su comodidad; no piense en atajos, o, quién sabe, puede acabar convirtiéndose en el mayor genocida de gatos de la historia, y, encima, por necesidad. Cuántas vidas inocentes se habrían salvado si se hubiera llevado a cabo una adecuada limpieza y mantenido una higiene apropiada en esos barcos, ¿no?… Pero si algo nos demuestra la historia de Prince Edward en particular es que, vayamos a donde vayamos, siempre llevamos nuestros problemas con nosotros. ¿Acaso la historia humana es algo más que un ciclo infinito de problemas y soluciones ? Y los gatos, benditos gatos, siempre han estado ahí, testigos silenciosos y sobre todo victimas impasibles de nuestra profunda ignorancia. Quizá por eso nos odian y nos miran con esa cara y, a buen seguro, planean venganza por La Masacre de Prince Edward

«Esto no quedará así …»

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