En 1999 tenía 16 años. Iba a un colegio católico de clase media en la Ciudad de Buenos Aires. Mi adolescencia transcurrió en el falso oasis de creer que una moneda tercermundista valía lo mismo que el dólar. El slogan del gobierno de turno era “un peso un dólar”. En ese contexto, los adolescentes de los noventas almorzábamos todos los días en McDonald’s y, por las tardes, nos pasábamos las horas en Musimundo, una cadena de venta de discos que llegó a ser la más grande de Argentina.
El mundo virtual recién empezaba a asomar. Las plataformas como Spotify y YouTube estaban aún muy lejos de existir como tales. Eso nos obligaba a pasar tardes enteras en el Musimundo de Acoyte y Rivadavia para poder escuchar nuestros discos favoritos con unos auriculares atados a una columna. El empleado del local te dejaba elegir el CD que querías echar a rodar, pero de ninguna manera ojear el codiciado librito de letras, canciones y fotos, que en esa época era parte fundamental de los CDs.
Es cierto que esa era una buena forma de escuchar tu disco favorito gratis. Pero nada se comparaba a tenerlo en casa. Desnudarlo sacándole la bolsita de plástico transparente, y acceder a lo más íntimo de las canciones: las letras.
1999 fue un año fantástico para la música en español. En Argentina, Honestidad Brutal de Andrés Calamaro sonaba sin parar. Me lo habían regalado junto con un minicomponente Sony. Había estado esperando ese aparato durante bastante tiempo para lograr mi primera independencia: la musical. A veces lo compartía con mi hermano, que es dos años más chico.
Él trajo Un Baion Para el Ojo Idiota de Los Redondos. Yo, Palabras Más, Palabras Menos de Los Rodríguez. Él, Circo Beat. Y así fuimos generando nuestra propia biblioteca musical. Sin mucha guía de nuestros padres, pero sin ningún tipo de prohibiciones, más que el clásico “bajen el volumen de esa mierda”.
Joaquín Sabina llegó a mi vida ese año, pero de una forma mucho más extraña y disfrazado de imprevisto. Alguien dejó olvidado el CD 19 días y 500 noches en el patio del colegio. Pregunté unos días de quién era, suponiendo que de alguna alumna más grande que yo. Pero su dueña nunca apareció. Digo dueña porque el 85 por ciento de los alumnos de mi colegio eran mujeres.
Ahora pienso que quizá no fue un olvido, quizá alguien lo abandonó, como se abandonan los zapatos viejos. Una chica bien de Caballito que, probablemente, habla francés y está educada para casarse con un millonario, no tiene nada que hacer escuchando a ese canalla. Sin embargo, ahí estaba yo, para recogerlo, sacarle el barro que se le había pegado y escucharlo, escucharlo mucho. Lo mismo que he hecho con todos los canallas el resto de mi vida.

19 días y 500 noches sonaba en mi habitación día y noche. Cuando venían mis amigas a casa, lo escuchábamos juntas. Lo que no sabíamos es que ese disco iba a ser un buen oráculo de nuestro futuro amoroso.
Las que odiaban el disco, hoy están casadas. “No se le entiende nada a este viejo”, decían. Ese no entender presagiaba una vida amorosa sana. Elecciones estratégicas que desencadenarían en matrimonio antes de los treinta.
Por otra parte, estábamos las que lo amábamos. Nosotras no entendíamos nada de táctica y estrategia y, por supuesto, perderíamos a futuro la guerra del matrimonio joven, pero experimentaríamos más noches de boda que las que no entendían a Joaquín.

19 Días y 500 Noches también fue mi descubrimiento de un mundo al otro lado del océano. Mi papá se encargó de enseñarme un poco de tauromaquia, y pregunté hasta entender De Purísima y Oro. Se puede decir que gracias a ese disco arrancó también mi amor por Madrid, aún sin conocerla.
Creo que me enamoré de Joaquín como de mis mejores amores. Sin ningún tipo de esperanzas, y de casualidad. Desde ese 1999, lo vi mil veces en el Luna Park, y también en la cancha de Boca. Lo vi con mi ex novio y con amigas. Lo vi enamorada, y también cuando ya tenía el corazón roto. Incluso una noche en la Trastienda canté Mentiras Piadosas (muy mal, por cierto) en un show de sus músicos, Pancho Varona y Antonio García de Diego. Me eligieron, no por mi voz, sino porque tenía puesta una falda muy corta. La música de Joaquín Sabina me ha acompañado a lo largo de toda mi vida. Incluso hasta hoy.
Dentro del plano musical, podemos decir que hay un Joaquín Sabina antes y después de 19 días y 500 noches. No sólo por la fama mundial que adquirió el disco, sino también porque fue la primera vez que Joaquín pudo ser él sin ningún tipo de vueltas, sin ningún arreglo. Nada que disfrace su voz de cigarro.

Los anteriores discos de Joaquín tenían algunos aciertos en las elecciones musicales y muchos errores. Ninguno había sido hasta ese momento el disco de su carrera. Sabina era más bien un poeta, un trovador. Pero, respecto al negocio musical y a componer sus propias melodías, él mismo se definía como “muy vago”.
Joaquín no era un producto musical fácil de vender en el mercado. Pero si hay algo que siempre había hecho bien era saber elegir a sus amigos. Es así que 19 Días y 500 Noches se encuentra íntegramente producido por Alejo Stivel, líder de la banda Tequila y famoso productor argentino que hacía años residía en España. Alejo simplificó a Sabina. Tarea nada fácil en alguien que tenía tanto para decir y que, sin embargo, no encontraba el tono musical adecuado para hacerlo.
Dicho por Joaquín, el disco es mitad mérito de él y mitad de Alejo. Para los que no tenemos mucha idea de música, podemos decir que para que escuchemos un disco en casa y podamos decir que “es un discazo” debe haber un productor con instinto y conocimiento del mercado que haga que esa sensación se genere mediante la elección correcta de canciones.

19 días y 500 noches está grabado bajo la premisa “menos es más”. La voz de Sabina suena desgarrada, real, viva. El gran éxito de este disco es su simpleza. Alejo y Joaquín estaban pasando momentos muy distintos con la cocaína. Sabina la usó para escribir todo el disco, y Alejo era abstemio en ese momento. Esa combinación hizo que la balanza se nivelara, y que la grabación y producción del disco tuviera la combinación exacta de creatividad narcótica y seriedad que se necesitaba.
En cuanto a la producción musical, se cuenta que Joaquín en este momento le daba las llaves de su casa a todo aquel que consideraba su amigo. Por eso era común que incluso él mismo se sorprendiera ante la presencia de algún íntimo que visitaba su domicilio de Tirso de Molina sin avisar.
Joaquín ha contado en varias oportunidades que el tema de las llaves para él tenía todo un significado. Su infancia en Jaén había sido muy infeliz. Cuando escapó de su casa, se alojó en una pensión. Fue allí donde le dieron las llaves de un cuarto por primera vez. Eso significaba que podía entrar y salir sin darle explicaciones a nadie. El gesto de regalarle las llaves de su casa a sus amigos representaba, para él, abrirles con libertad su mundo.
Sabina casi nunca escribía solo. Gran parte de las canciones de 19 Días y 500 Noches las compuso acompañado por Antonio Oliver en muchas largas noches. Un gran amigo de Joaquín que murió poco tiempo después de un ataque cardiaco, seguramente provocado por el gran consumo de cocaína que ambos mantenían durante esas sesiones creativas.
Los músicos sesionistas de 19 días y 500 noches fueron elegidos por Alejo. Ya habían trabajado con él en otras producciones. Esto resultó un cambio estratégico respecto a los discos anteriores de Joaquín y, probablemente, la clave del éxito del trabajo.
Una vez que 19 Días y 500 Noches estuvo listo, a Sabina le costó muchísimo soltar la producción. Parecía que nunca quería ponerle punto final a las correcciones. Fue Alejo quien tuvo que tomar la decisión de dar por terminada la etapa productiva y poner por fin el disco en el mercado.
¿El resultado? trece canciones que son un hit detrás del otro. En un gesto de amor que lo une con Argentina, en la edición local no son trece, sino quince las canciones inolvidables.
Joaquín se convirtió con este disco en el cantautor internacional que conocemos, sin perder su esencia de poeta maldito en el camino. Sabina sigue siendo el amigo de voz rasposa que canta de madrugada con su guitarra ladrando a la luna cuando el recuerdo del amor que duró dos peces de hielo en un whisky on the rocks tarda en irse. Qué suerte para nosotros, los desafortunados, tener el placer agridulce de saber, gracias a él, que el olvido demora exactamente 19 días y 500 noches.

Texto de Gisela Monti. Bohemia Librería. @bohemia.libreria / @gisela.monti
