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Shame – El precio a pagar por la vergüenza

La pared desnuda de un apartamento vacío. Un individuo aislado en una ciudad superpoblada. Una vida sin dirección. Sin sustancia. La espeluznante realidad de la soledad pretendida y buscada. Porque soledad no es lo mismo que intimidad, que independencia o que libertad. Y ante el abrumador deseo de intimidad, es fácil caer en la confusión.

Eso es lo que le pasa a un magistral (as always innit?) Michael Fassbender en Shame, un film del año 2011 dirigido y escrito en parte por el director británico Steve McQueen. Ojo, no confundir con The King of Cool. Este Steve McQueen es de ascendencia caribeña, y su manera de entender lo cool es muy distinta a la de la leyenda de Hollywood.

Y es que el director londinense ha conseguido establecerse en la escena cinematográfica con solvencia gracias a una mezcla perfecta entre creatividad y conciencia artística. Así nos ha regalado, a fecha de la redacción de este artículo, cuatro largometrajes. Hunger (2008), su formidable opera prima, sentaría las bases y daría pistas de lo que estaba por venir. Más adelante sorprendería al mundo con 12 Years a Slave (2013), un drama de época que nos sitúa en la vida y obra de un esclavo afroamericano en el sur de los Estados Unidos. La cinta amasaría galardones a diestro y siniestro, entre ellos tres premios Oscar.

En medio de estas dos joyas del cine reciente queda la cinta que nos reúne aquí hoy. Y es que Shame es una de esas películas atemporales. La historia que McQueen nos narra mantiene su relevancia aún hoy, una década después. Una obra premonitoria y definitoria de una época. La nuestra.

Brandon (Fassbender) vive en la gran ciudad. De buena presencia e impoluta pulcritud, se mueve de aquí para allá como cualquier otro currito de la metrópolis. Tiene un buen trabajo y reside en un moderno pisito de soltero. Desde fuera, podría parecer que no le va mal. Desde fuera, hasta podría parecer que le va de puta madre.

La verdad está oculta. Brandon se encarga de velarla con celo. No permite a los demás siquiera atisbar la posibilidad de que la verdad presentada no sea la verdad genuina. Brandon se ha convertido en un maestro en el arte del engaño. Le va la vida en ello. La verdad comienza cuando llega a su apartamento y se quita la careta. La persona, que dirían los antiguos.

Brandon vive una vida gris con tonos azules. Fría y cortante. Sin relleno ni nada que la sostenga. El espectador solo podrá tratar de descifrar el origen de esta forma de actuar y de pensar. De esta personalidad y sus tendencias. Steve McQueen también es un maestro del engaño, y la verdad de su personaje no nos es revelada. Al menos no de manera explícita.

Brandon está solo. No tiene amigos ni hobbies. Ni siquiera tiene intención de compartir su tiempo con una pareja. Y si las tiene, se encarga él solito de quitárselas rápido. Uno podría pensar que tanto duro trabajo debería ser la llave a una serie de objetivos y necesidades a cubrir. Pero no, Brandon no tiene intención de hacer nada. Con nadie. Nunca.

Brandon es adicto al sexo y al porno. El tiempo que no está trabajando, lo pasa sumergido en el ciclo constante de masturbación / prostitución, autodesprecio y culpabilidad. Brandon no es más que un idiota que se ha pegado un tiro en su propia pierna de buena gana. Se ha dejado cojo, manco, incapacitado de manera voluntaria. Un suicidio social sin el valor de enfrentar la auténtica cara de lo que supone quitarte de en medio.

¿El resultado? Un zombie que se infiltra día tras día en la colmena sin destino ni intenciones, y que sólo encuentra paz en el refugio de un apartamento que le sirve de escondite en el que bajar la guardia. En el que dar rienda suelta a su comportamiento enfermo. El símbolo de toda una generación.

Durante la peli, McQueen nos invita a acompañar a Brandon en el periodo de su vida en el que es capaz de tomar conciencia de su propia decadencia. El protagonista intenta relacionarse con mujeres, sin ningún éxito. No es capaz de crear un vínculo con otro ser humano. Por eso es incapaz de funcionar en la cama, y hasta fuera de ella, cuando comienza a conocer a una compañera de trabajo que se siente atraída por el. Sólo es capaz de sentirse cómodo y satisfacer sus necesidades mediante la despersonalizada dinámica del sexo de pago o la fría pantalla de su ordenador.

La errática existencia de Brandon se ve perturbada con la visita por sorpresa de su hermana pequeña Sissy. Sissy parece presentar las mismas cicatrices emocionales que Brandon. Pero su manera de lidiar con ellas es radicalmente opuesta.

Sissy es alegre y jovial, y muestra una evidente necesidad de atención, aceptación y cariño. Esto la lleva a tomar malas decisiones en su vida emocional y profesional, y sus consecuencias son muchísimo más de lo que su atormentado hermano está dispuesto a tolerar en su propio apartamento. A través del personaje de Sissy podemos descifrar un poco la historia de Brandon. La evidente presencia de un pasado traumático común nos permite comprender la profundidad de las heridas del protagonista.

Es también Sissy la que es capaz de despertar un poco las emociones de su hermano, tanto positivas como negativas. Al menos es capaz de agitarle y sacudirle. Aunque él se revuelva ante esta vulnerabilidad. Brandon percibe los vínculos emocionales como debilidades. Como puertas hacia el sufrimiento. Como certeza de decepción.

Brandon ha decidido borrarse emocionalmente de la partida. Su desconexión con la realidad es total. Su aprecio por la realidad, nulo. Por eso vive en la gran ciudad, donde sólo es un par de zapatos que andan más. Por eso vive en un bloque de apartamentos de esos que, aun pareciendo alcanzar el cielo con su magnitud, no resulta ser más que la enésima monstruosidad en la que archivar almas de manera ordenada.

Por eso su cubículo en concreto está vacío. Sin muestras de humanidad, de espontaneidad, de creatividad o de alegría. Por eso tiene el trabajo que tiene. Un trabajo que no va a ninguna parte ni le importa a nadie. Por eso se ha encargado de llevar una vida en la que no le hace falta a nadie. Una vida en la que nadie le hace falta a él, tampoco.

La vergüenza domina su vida. Avergonzado de existir. De su pasado, y de no ser capaz de desprenderse del peso de sus consecuencias. Vergüenza de haber intentado y haber fallado. Endémica e integral. Implícita. Vergüenza como modo de vida. Como moneda de cambio. Como la única vía. Acostumbrado a cobijarse debajo de su paraguas desde quién sabe cuándo, Brandon nos muestra con sus tendencias autodestructivas la manifiesta incapacidad de un hombre que siente vergüenza de aceptar la derrota. El inconsciente deseo de empujarse a sí mismo al ostracismo. Auto boicot y auto sabotaje. El símbolo de toda una generación.

Y es que el hecho de que no reconozcamos un problema no es sinónimo de ausencia de problema. De la misma forma que el desconocimiento de la ley no exime de su cumplimiento, el desconocimiento de las leyes naturales no es excusa para padecer sus insidiosas e innegociables consecuencias. Confucio decía que si tienes un problema, y eres consciente de que tienes un problema, pero no estás poniendo nada de tu parte para solucionarlo, estás aún peor que si no supieras que tienes un problema.

La falta de honestidad con uno mismo es el germen del auto recelo. Dejas de confiar en ti mismo y en tu juicio. Y el hueco que debería ocupar la honestidad se lo cedes a un falso orgullo cuya única función es la de no permitir que nadie más se de cuenta de las cosas de ti mismo que tú, quieras o no, ya sabes.

Vaya y vea usted la peli si no la ha visto ya. Si ya la ha visto, véala otra vez. Hay que admitir que es una de esas cintas que cuesta ver por segunda vez. Cuando ya sabes a lo que vas, se hace aún más sórdido presenciar a los devenires de uno de esos enfermos mentales sin diagnosticar que con tan espeluznante precisión ha sido capaz de recrear el genial Fassbender.

Merece la pena destacar el valor del actor de padre alemán y madre irlandesa. No encontraremos muchos casos de un actor bien establecido y que fácilmente podría haber optado por figurar como actor guaperas, sin meterse en camisas de once varas con personajes tan psicológicamente complejos y socialmente controversiales. Fassbender no se preocupa de la posibilidad de quedar encasillado o vinculado al personaje de Brandon de por vida. Todo lo contrario. El tándem McQueen-Fassbender nos regala una historia necesaria con una interpretación de libro.

Esta cinta es, en última instancia, una llamada de alerta. Un mensaje del director acerca de los potenciales peligros de una conducta sexual irresponsable. O de la relación entre una conducta sexual auto destructiva y auto limitante y la presencia de cicatrices emocionales sin atender. Y todo esto presentado de una manera cruda, real, sin atrezzo y sin caer en el tópico fácil. Un retrato desgarrador y aterrador de un hombre que es testigo pasivo de su propio desmoronamiento. Y la guinda – siendo capaz de entender las causas, pero sin encontrar la manera de evitarlo.

La adicción al sexo y los peligros para la salud mental del porno apenas comienzan a establecerse como puntos de debate relevantes. Las nefastas consecuencias de la obsesión y la auto indulgencia sexual masiva de nuestra sociedad comienza a revelarse como algo más que una fuente de entretenimiento puntual. Una generación adicta a las descargas exprés de dopamina ha abrazado la cultura del usar y tirar, el sexo de pago y el contenido para adultos que se niegan a ser adultos. ¿El resultado ? Vergüenza.

Una pared desnuda. Un apartamento vacío. Un hombre hueco. Una carcasa. Una máscara sobre un maniquí que camina del punto A al punto B sine die. Un impulso reprimido. Un grito que ruega y suplica. Libertad. No más vergüenza. Pero a veces no es tan fácil sobreponerse a uno mismo. A las cicatrices del pasado. La falta de herramientas. Pero cada día es otra oportunidad para intentarlo. Si es que estás dispuesto a pagar el precio por intentarlo. El precio a pagar es enfrentar la vergüenza, mirarla a los ojos. No es fácil. El precio es alto. Pero la alternativa … Bueno, digamos que la alternativa no es bonita.

Texto de Tarek Morales

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